Ariel Holan – Sin garra, sin meter, sin huevo.

Todo duplicado en el CT de Ariel Holan para asegurar la fiabilidad

Hace un frío siberiano, estamos de pie encima del tejado que cubre las cabinas de transmisión de las radios, en el estadio de Defensa y Justicia, y todo está a punto para que el equipo de Ariel Holan enfrente a River Plate en esta noche de Septiembre. En este mes, cuando yo era joven, en este país había llegado la primavera. La temperatura de la noche me recuerda que el invierno es perezoso.

Hace poco más de una hora, mientras los jugadores se enfrentaban al ping pong en la planta 1 del predio de Bosques, detrás de la puerta que los separaba, Ariel Holan repasaba el contenido de los videos que iba a enseñarles en la charla previa. Hay unas 10 personas sentadas en el pequeño auditorio pero ninguno es futbolista. Hacen un repaso de lo que van a decir y cuando Ariel Holan dice “dale, hacelos pasar” entra una procesión en silencio…

Si hay nervios, están contenidos. Hay alguna broma en voz baja hasta que él se acerca a una pizarra en el frente, de la que cuelgan hojas de papel en blanco y se dispone a apuntar. Durante toda la charla, hace preguntas. El tono es calmado, como el de quien interroga sabiendo que el que responde, ya sabe la respuesta. “¿Qué cosas dijimos que eran importantes para este partido?” Uno de los jugadores responde al primer toque: “Disciplina”. Preguntado sobre los por qué, se produce un pequeño debate sobre la importancia de atacar siguiendo una partitura conocida y pasan al punto siguiente. “Jugar convencidos” es el otro concepto, “si jugamos convencidos jugamos seguros y cometemos menos errores”. Después, hablan de emparejamientos y sobre todo, tienen tan claro que el rival es técnicamente superior que dedican una porción grande del tiempo a recordar bien a quiénes conviene presionar y dónde aflojar el agobio para dirigir el juego a ese punto donde River “no piensa”.

En ningún momento se oye un solo grito ni nadie levanta la voz, se nota que este punto es parte de un proceso. El partido tendrá un resultado, habrá un subidón de adrenalina, pero es como una fiesta arriba de un crucero: hagan lo que hagan hoy, saben que zarparon de un puerto y también que para llegar al destino falta mucho. Para acabar la charla, Ariel Holan reduce la distancia. Apoya un pie sobre el asiento de una silla y, mirando fijamente a los jugadores, les recuerda que tienen que salir a disfrutar de su profesión. Jugar al fútbol, como un equipo.

Hay un consenso. Códigos. Un sistema que desconozco, forjado todos los otros días anteriores a este, de todas las semanas, de todos los meses. Me convenzo de que, así como uno toma conciencia del tamaño monstruoso de la industria del cine cuando ve que han cerrado la calle del barrio (una producción descomunal para grabar un diálogo de 1 minuto en lo que hasta ayer era la panadería), lo que estoy sintiendo hoy es solamente una brisa. El viento que impulsa las velas de un equipo profesional de fútbol no se ve por la tele, y evidentemente sopla con toda su fuerza en los campos de entrenamiento, lejos de las cámaras. Las puertas cerradas no se cierran solas, ni por que sí. En esta charla hablan de cómo usar la brújula, pero el mapa lo dibujaron mucho antes. Han transcurrido 15 minutos.

Antes de subir al bus que espera al plantel se acercan 4 o 5 pibes vestidos con los colores del club. Quieren fotos, una palabra. Un trofeo afectivo, algo que contar en casa mientras ven el partido por la tele. Quizás tengan algo para cenar. “Gracias” y “Maestro” son sus palabras predilectas.

El viaje por las calles interiores de Florencio Varela me recuerda que el mundo del fútbol profesional es una burbuja que aflora una o dos veces a la semana por donde transita la rutina del pueblo. En Varela se intuye que el pueblo circula en un medio espeso. Un aceite por sobre el que nos deslizamos bamboleantes, acompañados por la música de fondo que ponen los futbolistas a alto volumen. Imagino que es la misma música que el hincha escucha en su casa mientras disfruta la previa.

Bajamos del bus caminando deprisa. Alguien se encarga de ir abriendo las puertas, que separan a miles de personas gritando, de la zona de jugadores. Lo único que me permite pasar todos los controles es que voy en medio de gente que trabaja de esto. Pienso que si fuese a cualquier otro estadio, mezclado entre un grupo de personas en esta situación, podría pasar todas las puertas diciendo “trabajo con…” y caminando como quien llega tarde a algo impostergable.

La “sala del DT” se queda pequeña en un minuto. Ariel Holan se cambia de ropa, mientras sigue hablando con todos los miembros del CT que van consultando cosas, cada uno enfrascado en su lista de tareas por hacer. Faltan 45 minutos para comenzar el partido.

Los jugadores cantan y bromean mientras se visten, el buen humor los ayuda a ir templando las armas.

Lo sigo a Johny. Lleva una mochila cargada de cosas, y con gestos me guía hasta la parte más alta del estadio, donde más frío hace. Allí se apostan las cámaras de la televisión, algunos policías, los videoanalistas de River y muchos más que están trabajando, mientras en sus casas la gente ve una parte de lo que pasa.

Johny es camarero en un bar por las noches, y algunas veces a la semana, se encarga de operar los ordenadores. Sus dos Mac van, en paralelo, guardando todas las jugadas que capturan las cámaras, clasificadas por temas para ser revisadas en el entretiempo.

Johny es el Messi del teclado. Mientras habla conmigo, facilita un alargador a su colega de River, o comenta algo con los que gestionan los GPS en otro ordenador, no se le escapa ninguna jugada importante. Johny hace fácil lo difícil mientras yo intento saltar para paliar el frío. Él puede trabajar y ayudar a sus “enemigos”, mientras yo no puedo parar de chocar los dientes aterido.

Uno de los entrenadores que está a mi lado es el DT de la primera de hockey de River. Su equipo va líder en el campeonato, (actualización… finalmente se coronó campeón con el Hockey de River por primera vez en la historia) pero en este momento su intelecto esta 100% enfocado en el fútbol, y va haciendo anotaciones mentales de lo que comentará con Holan en los primeros 5 minutos del entretiempo, antes de oírse otra vez el “dale, hacelos pasar”. Él y otro grupo de ayudantes de Holan ven y comentan cosas sobre ese tejado helado que, para un neófito como yo, son inentendibles. Comprendo algo cuando miran la pantalla del software de los GPS, que dice en tiempo real cuánto ha corrido cada jugador. Dependiendo del nivel de desgaste de cada uno, van pensando en quiénes deberán ser reemplazados, cuándo, y por quiénes.

El primer gol llega rápido, luego de un penal evidente incluso a la distancia a la que estamos nosotros. Cuando River empata, y peor aún, cuando se pone después en ventaja, me impacta el silencio incrédulo de miles de personas. Saber que ese gol hace 10 segundos era solo un riesgo en los pies del delantero, con tiempo para armarse y apuntar fino en la línea del area grande, es una certeza decepcionante. Sin público visitante, en el fútbol argentino hay goles que son buenas noticias nada más que para un puñado de asistentes al estadio, y son prudentes.

El árbitro pita el final de la primera parte y Johny se zambulle con uno de los portátiles por la escalerilla vertical que nos lleva a un pasillo detrás de las cabinas de la radio. Hay poco tiempo. De allí vamos a otra escalera que nos deja a nivel del campo de juego. Corremos. Somos unos 10, cada uno lleva una parte de información digital o mental, que debe ser ensamblada y debatida en 5 minutos, antes de que Ariel Holan la sintetice para los jugadores. Para poder entrar a la parte de vestuarios esperamos que alguien que no está, venga con la llave, emergiendo de entre la gente que hace cola para comprar un choripán a través de una reja. Saca la llave del bolsillo entre un mundo de desconocidos. Pienso en todos nosotros buscando la llave entre un mar de piernas por el suelo pero esto, por suerte, no pasa. Entramos a una sala pequeña, debajo de las tribunas al lado del vestuario, donde hay un proyector conectado a uno de los portátiles de Johny. No hay discusiones ni debates, todos están mas o menos de acuerdo en lo que pasa y en el mensaje.

En el campo hubo vértigo. Dos equipos buscando jugar al futbol y atacar. “El partido del año” dirán los periódicos mañana. En el grupo de eruditos de WhatsApp donde me han invitado solamente por ser amigo de Holan, gente que sabe mucho del deporte afirma efusiva “Qué bielsista que está Defensa y Justicia!”. “Qué planteo ambicioso el de Holan!”. Aquí abajo, en la realidad, la silueta del entrenador recortada sobre las jugadas seleccionadas de lo que acaba de pasar en el césped dice: “nos estamos cagando a trompadas con Mike Tyson…”. Entiende que los jugadores han visto espacios tentadores y han intentado dar la estocada que defina el partido, pero pide calma. Ordena que hagan lo que han entrenado, recuerda lo de la disciplina. Apela a la paciencia. Solamente levanta la voz para dirigirse a uno que “está mal parado al pedo!”. Lo repite varias veces alzando el volumen, sin ensañarse, pero es claro que quiere marcar algo que hay que dejar de hacer. El chico que recibe la advertencia baja la cabeza y habla como si hubiese llegado tarde al colegio. La distancia que hay entre esa voz cuasi infantil y la exigencia que leemos en los medios relacionados con el fútbol me hacen apiadarme de él. Y de todos. El mayor énfasis se pone en diagnosticar qué cosas propias están facilitando la tarea de River y cómo resolverlas. Gran parte de las consignas son de posicionamiento y uso del espacio. Se recuerda a quiénes dejar jugar en el rival, y a quiénes no dejar ni pensar. Intuyo una brújula que marca para dónde ir, pero el mapa común del que no hace ni falta que hablen se me hace inaccesible. No oigo ni una sola vez las palabras meter, huevo, o garra.

Nosotros volvemos corriendo a trepar al techo del estadio, en el camino me cruzo con el bus de River y lo veo orgulloso de si mismo.

El partido mejora para Defensa y Justicia, pero se ve que para sostener el resultado (“el partido del año” acabará 3 a 3, cortado por el árbitro en una buena oportunidad para los locales) el esfuerzo del equipo es supremo. Se nota el desgaste, por eso festejamos tanto los goles (sólo me faltó abrazar a una mujer policía) y confirmando eso de que el fútbol tiene sus cábalas, escucho varias veces que me dicen “no te podés volver más a Barcelona”. Un buen resultado vale tanto en el fútbol, en este fútbol, que alguno piensa que igual tiene sentido que yo abandone a mi familia para volver a pararme muerto de frío en un tejado cada 7 días. ¿No aporté lo suficiente con esas cintitas rojas que me pidieron que les anude, fuerte, en las muñecas?

Cuando acaba el partido estamos contentos, el espectáculo fue bueno, se vieron muchos goles y están todos satisfechos. Vuelvo a verlos a Ariel Holan y al Profe Kohan recibiendo abrazos y felicitaciones. Mucha gente de River, conocidos de sus épocas en el club que vienen a darle las gracias por el fútbol, gente emocionada que sabe lo que cuesta estar allí y hacer lo que se hace. Aparecen figuras de la tele, ex futbolistas famosos, los movileros de la radio. Todos se le acercan con respeto y asombro. Mientras afuera hay gente que no sabe quién es “Ariel Holan ese del hockey”, se nota que en el microclima del fútbol ya es un par.

En los medios hablan de la velocidad, de la valentía, del sacrificio. Me doy cuenta de que la distancia entre lo que pide Ariel Holan al equipo en la intimidad y lo que se ve por la tele a veces es grande. Es tan grande que cualquier juicio de valor categórico basado en eso que se ve, es por definición, un exceso.

Resumen de Paso a Paso (TV)

Análisis táctico de jugadas por Paco Crisci @VideosFutbolAn

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