“Nos robaron al centrojás”

Ángel Cappa le dijo a Fernando Redondo –quizás el mejor centrojás argentino de toda la historia– las mismas palabras que se pueden observar en el título: “Nos robaron al centrojás”. Las pruebas que sustentan esta frase es que hoy la mayoría de los equipos del mundo prefieren adoptar un sistema con cuatro defensores, dos mediocentros, tres mediapuntas y un delantero por delante de ellos. Pocos osados se atreven a romper la hegemonía para utilizar a un único volante central (centrojás de nuestros abuelos) por detrás de los mediapuntas o interiores. La razón es simple y apunta a la teoría del falso equilibrio. Esto es aquella tesis que, quizás sin saberlo, compara al fútbol con un sistema de tres posibilidades en el cual se asume que cada uno de los once integrantes del equipo se dividen entre ofensivos, mixtos y defensivos.

En lugar de respaldar que en este deporte todos deben contribuir en cada acción del juego, es decir que el arquero debe ayudar a crear y el delantero a destruir, se tiende a una división de tareas comparable al modelo fordista, en el cual cada persona tiene un rol asignado que deberá cumplir cuando la cinta metálica que traslada el producto pase por su puesto; con la diferencia de que aquí no es una cinta, es un balón. Esto se traduce en frases rimbombantes como “el nueve está para hacer goles”, “el arquero está para atajar”, “el defensor debe recuperar”, todas comparables con “Pablo debe martillear”, “Carlos debe atornillar”, y “Pedro debe acomodar”. Estas frases le restan al futbolista posibilidades de crecimiento, se los limita a una tarea que lo limita en sus capacidades. Luego hay otra corriente que también incompatibiliza con la idea de jugar con un único mediocentro criterioso, y es esa que pregona que “todos deben hacer todo”, pero en la práctica se convierte en un “todos deben defender… y que ataquen los que saben”. Por ese mismo motivo se suele utilizar a dos volantes centrales, uno delimitado a tareas defensivas y otro que cumpla con las características de volante mixto, esto quiere decir un todoterreno que se traslade de área a área, colabore bastante en defensa y ayude un poco en ataque. Otra ideología que atenta con el centrojás, que es amigo de la pausa por naturaleza, es el vértigo incesante. Querer llegar al área contraria como sea, sin paciencia ni audacia muchas veces deriva en pases largos y pérdidas constantes, dos factores que llevan a que el futbolista que se encuentra por delante de los centrales en la zona de gestación esté siempre a medio camino. Por ese motivo se ve imposibilitado a llevar a cabo su juego y se utiliza el recurso de los dos volantes centrales para generar ese famoso “equilibrio”. 

Como usualmente el miedo a la derrota es mayor que las ansias de victoria, los entrenadores coartan las libertades de los futbolistas, oprimiéndolos a cumplir reglas y normas, asignando un piso y un techo, cuando quizás lo mejor sea establecer una base que lleve al jugador a liberarse. A que descubra sus posibilidades de mejora siendo consciente de los aspectos inherentes al puesto. Nadie puede discutir que la capacidad defensiva que tiene el central debe ser mayor a la del delantero centro, y esto se basa en la distancia que hay entre un jugador y otro con respecto a su propio arco. La repercusión que tiene cometer un error a ochenta metros de tu portería es mucho menor a la de hacerlo a quince de la misma. Por ello, como decía Menotti, el entrenador debe otorgarle a sus dirigidos obligaciones y posibilidades, pero la extinción del centrojás está acompañada en el hecho de que usualmente los directores técnicos se centran en las obligaciones y se olvidan de las posibilidades.

La abolición del único volante central está acompañada con la del enganche y los wines, el dinamismo excesivo se convierte en un juego sin pausa, donde todos saben correr y casi nadie sabe frenar como lo haría un centrojás de raza. Quitar el balón ya no es una cuestión de orgullo sino de desesperación, por eso casi no se observan robos limpios, más bien se ven atropellos desenfrenados.

El centrojás actual está acompañado de alguien que le coarta el juego y un entrenador que lo asfixia en obligaciones. No puede pensar ni tener libertades, tampoco cuenta con contextos que lo acompañen en la búsqueda de la pausa colectiva. Solo tiene tres caminos: la supervivencia, la extinción y la imposición. Es decir, puede adaptar su juego manteniendo la esencia, transformarlo completamente o imponerse al contexto. Para esto último se ve obligado a armar las piezas del rompecabezas, juntar a sus compañeros y generar juego. Empezar a hacer un pase, pedirla, volverla a pasar y volverla a pedir hasta que sus compañeros entiendan que el camino del toque es el que refleja el amor a la pelota. De esa forma se entiende que sigan existiendo futbolistas como Xabi Alonso, Sergio Busquets, Julian Weigl, o Guido Rodríguez, todos ellos consiguen desde su lugar imponerse al marco que los rodea, para así recuperarnos aquello que nos han robado: el centrojás 

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