Luna tucumana: el largo caminar del Club Atlético Tucumán

NACIONAL vs ATLÉTICO TUCUMÁN

Photo courtesy of AgenciaAndes(CC ShareALike)

Se acerca la noche, hay espíritu de carnaval. Corre el mes de Febrero y los bamboleantes senderos musicales acompañados de una cálida brisa estival suelen llenar de color y alegría las vidas de los ciudadanos bajo la luz de la luna. Día siete del mes, clima de fiesta en la Capital. Nada tiene que ver con el repiqueteo de los tambores carnavalescos. Una pequeña gran provincia espera agazapada el inicio del encuentro futbolístico más importante de la historia de Atlético Tucumán.

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El reloj de la estación de tren marca las 19:34. Un niño de seis años espera sentado junto a su padre, ambos visten la camiseta del Decano. La pequeña casaca del chico no se asemeja a la del progenitor, rasgada y maltratada por tantos gritos desaforados de gol. Necesitan que llegue el ferrocarril, hay un largo viaje de regreso a casa y faltan menos de dos horas para que arranque el partido. Guayaquil, Ecuador. El reloj marca las 17:34. Un plantel de jugadores y cerca de dos mil acompañantes continúan a la espera. Aviación Civil notificó inconvenientes: el vuelo chárter que estaba preparado para que Atlético Tucumán llegara a Quito había sido suspendido y obligaba a un veloz cambio de planes. LAN Ecuador 1518 sería el avión encargado de hacer llegar a los futbolistas al mítico Estadio Olímpico Atahualpa. A las 18:40 el vuelo partía a destino. Los problemas continuaban con una amenaza mordaz que llegaba desde las oficinas del equipo local; CONMEBOL daba 45 minutos máximos de tolerancia, el encuentro podía suspenderse y Atlético Tucumán corría el riesgo de ser automáticamente descalificado.

20:40 en Argentina. El tren fue rápido y se acercaba a la última estación. Aquel niño de seis años  y su padre escuchaban atentamente los relatos radiales de la historia que mantenía en vilo a la provincia: el Decano podía ser eliminado por llegar tarde al estadio. El rival se mofaba. Muchos fanáticos de equipos argentinos aprovechaban para brindar su apoyo. Otros usaron el hecho para burlarse de un equipo que obtuvo el pasaje a la Copa con polémica. Las manecillas del reloj se movían y el autobús no aparecía. La desesperación y la ansiedad comenzaron a cambiar el clima festivo que predominaba en las calles.

El avión pisó Quito a las 19:33, dieciocho minutos después de la hora prefijada para que inicie el encuentro. Hasta las 20 había tiempo. Ese breve lapso separaba al equipo argentino de la eliminación. Menos de veintisiete minutos. Luego, dependería de la buena fe de El Nacional y de CONMEBOL. Pasó el tiempo. El niño, que había corrido a su casa de la mano de su padre para encender el televisor, lloraba desconsoladamente. Todo parecía perdido. No aparecían. Luis Juez, embajador argentino en Ecuador, rogaba compasión de parte del ente administrativo. Estaban cerca. Nueve minutos más tarde del tiempo límite, llegaron. El color volvió a la cara del joven muchacho y de su padre. La luna brillaba intensamente en el cielo tucumano.

El entrenador Pablo Lavallén se maldecía a sí mismo, a CONMEBOL, a los dirigentes y a todas y cada una de sus madres. Toda planificación había sido desechada, el guión del destino tenía preparado algo diferente para Atlético Tucumán. La corrida al vestuario fue lo más parecido que hubo a un precalentamiento. Otro bocadillo esperaba: el equipo no tenía camisetas propias. La Selección Sub 20, que disputa el Sudamericano, tuvo la amabilidad de prestar las propias. Atlético Tucumán pasó a ser la Selección Argentina de Tucumán.

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Todo un país siguió con atención la historia y se unió para apoyar al equipo en la búsqueda de su objetivo: el pasaje a la Tercera Fase de la Copa Libertadores. Más de una hora después del tiempo prefijado, el encuentro arrancaba en el Olímpico Atahualpa. El niño tucumano fijó sus sentidos en la televisión, su padre devoraba las uñas con esmero. Ganar o caer, la única dicotomía posible para describir la situación del Decano. Vencer o morir.

22:05 en Ecuador, 00:05 en Argentina. 63 minutos. Fernando Zampedri, el 9 de la Selección Tucumana, se convertía en el héroe de la película. El equipo de Pablo Lavallén fue al frente y obtuvo su recompensa cuando amanecía la última media hora de partido. Cabezazo y gol. Un potente grito al unísono aturdió y derrocó toda adversidad. Luego resistió como pudo. Cuatro minutos de descuento. A resistir un poco más. Finalmente, el uruguayo Andrés Cunha bajaba el telón de una obra magnífica. Los protagonistas se desplomaron y miraron al cielo agradeciendo la historia que tendrían para contarles a sus nietos. El entrenador lo resumió en sus declaraciones: ‘’Dios es justo’’. El fútbol, todo lo puede. A varios kilómetros de distancia, el niño vuelve a llorar desconsoladamente. Las lágrimas cambiaron: son de alegría y no de tristeza. Corre junto a su padre a Plaza Independencia para gritar junto a los demás fanáticos. A cantar bajo la luz de la luna. Como indicaba Mercedes Sosa en su canción, ‘’yo no le canto a la luna porque alumbra y nada más; le canto porque ella sabe de mi largo caminar’’. Y vaya si sabrá del andar de Atlético Tucumán. Canten, tucumanos queridos.

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