Fútbol: ¿Privilegio o trabajo?

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Photo courtesy of locofotocuba66(CC Attribution)

El fútbol es reconocido como pasión de multitudes y también como un objetivo de vida al cual no todos pueden llegar. Por supuesto hablando del sentido profesional, los más talentosos y destinados empilchan el short corto y la “casaca” para salir a los prados encerrados por divisiones, delante de tribunas ocupadas por trastornados de la pasión que hacen sentir el vértigo de algo más que un partido común y corriente.

Pero en este entramado que rodea al juego hay un debate que nos debemos como sociedad y justamente parte más de lo reflexivo que de lo filosófico. Y tiene que ver con la figura del jugador como una definición no clara de lo que es. ¿Representa un jugador al proletariado? ¿Es un trabajador? ¿El fútbol en nuestra cultura es un trabajo?

El profesional no nace como tal, como lo dice la propia palabra, sino que lo sueña indirectamente, a menudo en barrios bajos y precarios. Se imagina por un segundo con los ojos cerrados convirtiendo un gol determinante, en la final X de alguna competición, hasta que abre los ojos, mira hacia abajo y ve que las suelas de sus zapatillas (si es afortunado de tenerlas) empiezan a deshilacharse y piden auxilio de recambio. Es aquel que se escapaba del colegio para no perderse ni el partido de la mañana, son aquellos enfermos que dependen de la pelota como el timbero de la suerte y el fumador del tabaco.

El fútbol como política de inclusión y cultura (utilizada para el servicio de los clubes) fue un éxito desde el comienzo de los tiempos. Pibes que gambeteaban la pobreza por ahí al otro día se veían posando la 10 bajo una multitud. Familias que orgullosamente pasaban sus días en una casa precaria a medio hacer, se veían al otro día en un hogar espacioso con jardín. Como si se hablara de un cuento de hadas, pero era de fútbol.

Luego de que el sueño (quizás con menor intensidad y con menores expectativas) se cumple, se termina transformando y acotando a lo que es en realidad un jugador profesional: es un Trabajador. Tiene que tolerar en sus años de carrera diferentes dirigentes (cumplidores e incumplidores) técnicos (que lo favorecen o perjudican en función de lo que pidan) compañeros (que pueden tener con él una buena relación laboral o no) y por último también tiene una hinchada que satisfacer (que en síntomas de bipolaridad puede amarte a la noche y odiarte a la mañana).

Frente a todo esto el capacitado convive todos los días de su carrera con la incomodidad, la falta de privacidad, el eterno murmullo de las calles, el llamado por la prensa, la ilegalidad de un apriete de un barrabrava al que tiene que darle “motivos” para no sufrir inconvenientes. Ni hablar de las largas concentraciones, la lejanía permanente de la familia y muchos factores más que lo alejan de aquel niño pobre sin recursos pero feliz de ser algo que luego de profesionalizarse no es: Un alma libre.

Por último viene el punto culmine donde el jugador es sofocado permanentemente. Y es la exclamación y la indignación del obrero promedio a causa de los sueldos de los jugadores.  Con esto aparece la famosa frase “corren atrás de una pelota y gana fortuna”. Y es tan cierta como falsa, porque ellos corren con indicaciones, nerviosismo, inseguridad, incertidumbre del que dirá y muchos sentimientos que el de afuera genera. Si, el jugador de fútbol medianamente asentado cobra un gran sueldo, que se justifica con el renunciar al amor por el sacrificio.

El fútbol abandonó la representatividad de la persona para transformarse en una adicción a la que se busca acceder a cualquier costo. No importa el tránsito o el problema, sino la respuesta final de ver jugar pese a que se adeuden casi 5 meses de sueldo en muchos casos. Los jugadores merecen mayor justicia frente a la generalidad, mientras que la población y la dirección política necesitan tener piedad.

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