La Carrera: Análisis tras el Superclásico entre River y Boca

Cuando un equipo gana repetidamente, suelen atribuirle todo tipo de cualidades. Algunas de las más utilizadas son las menos concretas, aún considerándose todas como elementos intangibles. La ‘’mística’’, la ‘’garra’’ y los ‘’árbitros’’ son las formas más fáciles de sustentar el éxito de todo equipo que ha ganado en un lapso determinado. Algunos, incluso, han intentado disminuir a ciertos campeones tratándolos de ‘’casuales’’. Nada más lejos de la realidad de un equipo.

Los equipos son momentos. Y mucho más. Un plantel triunfador debe combinar demasiados factores y cualidades específicas durante un lapso determinado. No existen las casualidades en el largo plazo. A la larga, nadie podrá depender de la suerte. Si bien se  puede negar o incluso apelar a su inexistencia, el ‘’factor suerte’’ existe en el fútbol. En mayor o menor medida. Pero la clave para una cadena de triunfos solventados a lo largo del tiempo es un trabajo serio. La suerte ayuda pero es imposible encadenar un equipo a la suerte misma. Porque deberá hacer mucho más que eso para ser ‘’ganador’’.

Hay  más detrás del ‘’ganador’’ a lo largo del tiempo. Mucho más. Quien triunfa en el deporte es aplaudido por el simple hecho de ser ganador y luego, como bien sostuvo Marcelo Bielsa en diversas oportunidades, ’será abandonado en la derrota’’.  Aún lo malo es metido en la misma bolsa de la victoria y queda oprimido por el resultado, negándoselo a toda costa. Toda falencia queda disminuida a la mínima expresión. Pero nadie gana de forma sostenida si no juega bien. Azar, árbitros influenciados, penales dados o no dados… la realidad del equipo no depende de esos factores sino de todo lo demás. Un plantel tiene similitud con un organismo, es un sistema abierto: se deja influenciar por todo tipo de elementos y los procesa. Esa mezcla homogénea forma un equipo.

Los directores técnicos, tan aplaudidos en la victoria y tan disminuidos en la mayoría de las derrotas, forman parte de ese compendio tan complejo representado en el momento de un equipo. Trabajo, dedicación, posibilitar la aparición de sociedades en campo a través de un funcionamiento, combinación de características de distintos jugadores. Todo ello queda bajo la lupa de un director técnico.  Y la dirigencia, minimizada en la mayoría de los aspectos, brinda ese marco donde un entrenador se puede manejar con cierta comodidad. Aún sin ser reconocido, es la primera pieza de ese rompecabezas que conforma el éxito institucional. Luego, se le dará importancia al azar y a la ‘’compra de árbitros’’ pero ningún factor suelto genera éxito. Al combinar todos los elementos, siempre habrá alguien que juegue mejor. En cualquier momento y en cualquier lugar, un equipo que no funciona correctamente caerá derrotado ante otro mejor. El fútbol, al no ser ciencia cierta, puede evitar que ocurra a la primera, a la segunda, a la tercera, a la cuarta…  pero ningún equipo triunfa para siempre.

El domingo pasado, River y Boca disputaron uno de los clásicos más relevantes de los últimos años. Generalizar hablando de contexto termina siendo demasiado ambiguo, con lo cual habría que deslindar. Por un lado, llegaba el equipo de Marcelo Gallardo. De antecedentes conocidos, el funcionamiento colectivo venía siendo aceitado a lo largo del año. El formato de la CONMEBOL Libertadores lo ayudó: de carácter anual, le dio la oportunidad de clasificar a Octavos de Final con cierta comodidad y darse el lujo de colocar suplentes ante Emelec. El equipo alternativo, denostado en los últimos años, jugó un gran partido y, aún sin haber ganado, logró dejar una aceptable imagen ante un cuadro que llegaba al Monumental con la esperanza de dar el batacazo. Con esa ventaja estructural, River pudo cambiar la cara respecto al Torneo y mirarlo con otros ojos, los del competidor nato. Sin pensar en el resultado final, el Millonario logró despedazar otro argumento que se oyó en los años anteriores: ‘’River está moldeado por Marcelo Gallardo para pelear objetivos a corto plazo’’.  Se metió de lleno en el Torneo y, aún con algunos resultados no favorables (como el 1-1 frente a Sarmiento de Junín en el Monumental), pocos equipos han podido superarlo en la cancha. De otro lado llegaba Boca. Puntero indiscutido desde los resultados, los dirigidos por los mellizos Schelotto enfrentaban un duelo fundamental para suprimir cualquier tipo de duda.

El partido fue la imagen viva de cada uno, el retrato inequívoco del momento que ambos clubes viven: River, de aceitado funcionamiento y difícil de batir en cancha, dominó el partido estratégica y tácticamente. Más allá de aquellos fatídicos instantes luego de que Fernando Gago metiera un gol espectacular con la complicidad de Augusto Batalla, el Millonario nunca perdió el control de mando del encuentro. El resultado final es conocido pero el trámite contó con un dominio visitante explícito y difícilmente discutible. Boca expuso todas las falencias juntas: falta de apoyos de parte de los volantes en cada retroceso, coberturas a media marcha, escasez de asociaciones, erróneo y débil retroceso de los laterales, mediocampo con poca marca y cambios que no lograron modificar el devenir del partido.

El equipo ganador es ganador porque muchos factores se combinan al mismo tiempo en un momento y lugar determinado. River posee un cuerpo técnico muy serio: cada jugador logra crecer en y con el entorno. Las individualidades aparecen porque el equipo funciona y cada pieza entiende su rol para que el resto funcione. Pero hay más detrás: una dirigencia que, con aciertos y errores, es la primera pieza del éxito institucional. Boca vive un momento distinto, donde trata de dar con la tecla justa para volver a las épocas de gloria. Quizá sea correcto decir que los clubes juegan una carrera en su existencia: un día avanzan dos pasos, luego retroceden casilleros, vuelven a avanzar dando pasos más largos, se estancan. Pero siempre saldrán adelante. El fútbol da revancha. Los equipos son momentos. Y el momento es de River. Por lo pronto, bravo.

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