Otro ladrillo en la pared

Es difícil romper el manual minimalista al que suele acudir el inconsciente colectivo a la hora de hablar de fútbol. No entra en cualquier cabeza la idea de que este juego es un todo y que el contexto es un modificador directo que incide en cualquier decisión que toma un jugador. La sintonía colectiva de un equipo se agarra fuerte de la mano de la identidad. Si ésta última es clara, el funcionamiento del equipo en cuestión cuenta con más estímulos para ser firme. Pero si la identidad es endeble (o nula), es muy complicado que esas once personas disfrazadas de engranajes logren transformar sus intenciones en un modelo en el cual creer. Jugar bajo lo que dicta una convicción es fundamental para que nazca el carácter de un equipo, eliminar complejos y encontrar libertad. En Argentina nos hemos olvidado de ese ideal hace años y eso es lo que debe corregir el cuerpo técnico de Sampaoli.

Luego de ponerse la camiseta de la Selección y antes de salir a la cancha, los jugadores se calzan una mochila pesada, como si fuesen chicos que parten hacia a la escuela. Pero el peso de esa mochila no corresponde a libros de historia ni de lengua: tiene su equivalente en finales perdidas. Esa etiqueta sentenciadora que los identifica como los que perdieron tres objetivos consecutivos funciona como la principal excusa con la que cuentan el periodismo y la opinión pública para continuar con el proceso de desculturización del fútbol. Desde la inimputabilidad autoasignada (un condimento), se llevan las críticas cada vez más lejos del plano futbolístico bajo el lema de que lo único que importa es ganar y se deja de lado la búsqueda de la única característica excluyente: la identidad. Desde hace años Argentina es un grupo de talentos que deambula por el césped y carece de ideas que hagan relucir las condiciones de sus herramientas, pero la diferencia es que hoy cuenta con un grupo de personas encabezando un proyecto ambicioso, con la intención de florear el juego y de subsanar la mentalidad del equipo.

Nos creemos más de lo que somos. Pensamos que por tener a Messi y por haber ganado dos Copas del Mundo le vamos a ganar por orden divino a cualquiera. Sampaoli sabe que estamos equivocados. Sabe que para ganar un campeonato no basta solo con el talento de los intérpretes. Hace falta resistir en el tiempo. Y para perdurar, hace falta identificarse con una idea y defenderla con total convicción. Incluso ante la adversidad. Pero Sampaoli no heredó nada del “ganar como sea”. Debe construir su fútbol en un contexto donde al tiempo se lo considera una amenaza y no una herramienta y donde el deseo de lo inmediato presiona. Todo eso se vió en el partido ante Venezuela. Tras 30 minutos de un juego cercano a lo que el cuerpo técnico consideraría la excelencia, la falta del gol sembró la ansiedad y comenzaron a aparecer las obstrucciones en las cabezas de los jugadores. Venezuela golpeó en la primera llegada que generó y pese a que el empate fue instantáneo, ya no se percibía la armonía inicial que habían mostrado los argentinos. Todo termino en empate y las tribunas del Monumental se deshicieron en silbidos. Otro ladrillo en la pared que encierra a la Selección, colocado por nosotros mismos. Los de afuera.

Otro ladrillo en la pared

Aspirar a grandes maniobras y no a jugadas colectivas, saltear la elaboración sin facilitarle el entorno a la rebeldía que podían generar los desequilibrantes de arriba, esperar a que aparezcan los nombres y no el equipo; diferentes aspectos que relucieron en el segundo tiempo y que funcionan como un espejo de lo que transmitimos desde afuera de la cancha. Nunca nos importaron los procesos y ahora que estamos al borde del abismo pretendemos solucionar todo apelando a nombres propios. No es tan simple. Ya no alcanza.

Las bases y valores forjan una identidad. Y la identidad sostiene un funcionamiento. Sampaoli debe sembrarlos. Por eso es fundamental que se le pueda brindar la confianza necesaria para entablar un proyecto a largo plazo. Pero para eso hace falta entender la complejidad del asunto. Si dejamos de mirar a la Selección del 86 reflejada en la pelusa de nuestros ombligos para atacar a la selección actual como si fuese una escupidera, e intentamos aprender algo de Alemania o España, seguramente vamos a poder construir un ambiente donde Argentina pueda crecer sin subestimar el juego.  

© 2017, www.centrojas.com. Todos los derechos reservados. Nos encanta compartir nuestro contenido: si copias algo de este blog, cita la fuente con un enlace completo a nuestro sitio y pon la cuenta de Twitter del autor si existiese. Si lo haces de otra manera te dedicaremos un post.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.