Enamorado de un retrógrada

Juan Roman Riquelme fue el jugador más influyente de la historia de Boca y en consecuencia, dejó una marca indeleble en la Argentina. No sólo por sus títulos, goles y asistencias, sino porque representó a una raza que se extinguió con él. El enganche a nivel mundial fue corrido por el sistema. Los entrenadores encontraron, en los equipos, diversos recursos que unificaban el nivel colectivo, pero opacaban los comportamientos individuales. Menos en Román, su fútbol nació y murió a su manera. 

En la actualidad notamos que el fútbol dio un giro importante en base al armado de los equipos y a las responsabilidades. Normalmente, los clubes que son potencia mundial todos atacan y todos defienden. Todos ocupan posiciones y todos se comprometen para elaborar. Los que se alejaron de esta corriente arrasadora que se desprende de varios equipos contemporáneos y actuales (Holanda 74 y Barcelona de Pep, entre otros) sufrieron en el resultado y en lo conceptual.

Los “enlaces modernos” tienen la particularidad de mantener su esencia desde la técnica, pero sin dudas que sus comportamientos en la cancha fueron alterados por los entrenadores. Los Iniesta, Kroos, Modric, Xavi, Ozil, entre otros, tuvieron y tienen ese ADN de jugador creativo. Pero sus responsabilidades son mayores. Ocupan posiciones ciegas, se adaptan al pressing para recuperar la pelota, repliegan cuando es necesario y realizan mucho recorrido durante los 90 minutos. Tienen las órdenes de tener despliegue, conducción, simpleza y a la vez agresividad. Raramente están quietos o caminando, suelen estar en constante actividad.  

Todos estos conceptos y nuevas “instrucciones” les dieron mucho rédito. Los hicieron más profesionales y funcionales. Más comprometidos al juego en sí. También lograron triunfar a lo grande en sus equipos. Individualmente crecieron una enormidad y a partir de eso colaboraron en lo colectivo, según el desarrollo lo requiera. 

Riquelme fue la excepción a todo el resto. Siempre se lo vio deambulando con suerte en el círculo central cuando su equipo tenía que defender. Nunca tuvo compromiso para con todas las facetas que el juego indica (defender y recuperar la pelota en este caso). Jamás fue de preocuparse por replegarse o de ir rápidamente hacia un jugador para limitarlo a que pueda gestar o pensar. Siempre al trote cortito, mirando el paisaje desde el fondo, como si no le preocupara que le convirtieran. Eso sí, a la hora de inventar y manejar los tiempos de la posesión de la pelota fue indiscutido. Muchos tienden a decir que cuando Roman tenía la pelota “se congelaba el tiempo”. Y para mí no creo que sea así. Porque, aunque él la frenaba con la suela, el rival seguía jugando. Y cuando la tenía, siempre se encontraba con más de un adversario encima cometiéndole faltas (a veces gravísimas) o simplemente impidiéndole que se pudiera expresar. Entonces él no frenaba las agujas del reloj, pero si acomodaba su tiempo y espacio para decidir la mejor opción para que su equipo avance. 

Pero a lo que uno va es que Riquelme nunca terminó de ser un jugador total. Lejos de ser un todo terreno. Porque no era polifuncional, no se movía de su zona de confort, ni demostró tener interés en hacerlo. El sólo quería tener la pelota y ya. Con cuidarla para su equipo le alcanzaba. Su responsabilidad siempre fue esa. Darle valor y sentido cuando llegaba a sus pies. 

Cada vez que da una entrevista de sus cuerdas salen muletillas como “la gente de Boca está loca, me quiere” o la cotidianidad de tomar mate y comer asado. Y además, los incansables elogios para con Iniesta. Lo curioso es que, pese al elogio, jamás intentó asimilarse a el. Tomó la decisión de responder a su naturaleza. Ese desfachatado que se saca polvillo de barro de su bolsillo, ese nene desprolijo que no tiene idea de toda la complejidad del juego, pero simplemente juega a la pelota. 

Sin dudas que Román no fue el jugador más completo. Los “errores” tienen que ver con lo remarcado arriba. Su falta de compromiso para con casi la media parte del fútbol. Su conformismo por ser simplemente un jugador de creación, olvidando todo lo demás. Siempre se sintió contento por representar el potrero y la camiseta de Boca. Y se notaba. En cada partido le daba un beso a la pelota, una risa cómplice a la cámara que le metía primer plano en cada gol, en cada asistencia, en cada control y en cada tiro libre. No tuvo el interés de salir de Bianchi (su segundo papa) y quizás de Basile. Nunca tuvo interés por aprender más cosas. Y es entendible, hay quienes entienden el fútbol como un deporte profesional y otros como un juego donde lo que tiene que aparecer son otros factores.  

Más allá de eso, Román siempre fue honesto con su identidad. Portó orgulloso su escudo, barro y amor por el juego. Porque es curioso que aunque el fútbol evoluciona el soslaye que “besaba a la pelota en cada partido porque sentía que la estaban maltratando”. Siempre rendido ante el espectáculo, ante las bandejas (menos la de la 12 por suerte) plateas y palcos de su club amado. Con su fútbol y su Topo Gigio al hombro. Siempre fue él y nunca cambió. Se encarceló en su mundo y ahí quedó. Pero sin dudas que a todos nos enamoró este pillo, este retrógrada del fútbol. Porque nunca abandonó su esencia, porque hasta el fin de su carrera fue Juan Roman Riquelme, así sin más. 

                   

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