EL NUEVE Y LA NEUROSIS OBSESIVA

Han pasado ochenta y cinco minutos de partido. El equipo no ha generado nada dentro de la cancha, solo fuera de ella: el amperímetro de la masa popular expone una intensidad inusitada. Sin goles, sin jugadas, sin señales de vida sobre el césped, que de verde ya nada tiene. De pronto, se paraliza el tiempo: una gambeta, un pase y la corrida de un delantero. Se quita a uno de los centrales de encima, luego otro y finalmente queda cara a cara con el arquero. Se levantan los espectadores de sus tibios asientos, tensan sus extremidades aguardando el instante preciso para el primer grito desaforado de la noche. Remate fuerte. Guardameta firme y duelo ganado. Lamentos, murmullos, insultos al artillero de turno y un manto de silencio sepulcral invaden nuevamente el estadio. Otro nueve acaba de cavar su propia tumba en la Selección.

La imagen se repite cual cuadro en la sala de estar. O como película en los canales del cable común. Un nueve, una ilusión inicial y una desilusión rotunda cuando hacemos caer el telón. La misma secuencia de siempre. El problema parece radicar ahí: dejamos que el espectáculo acabe demasiado pronto porque no soportamos seguir viéndolo. Hay un culpable, debe ser señalado y fin de la historia. No deja de ser paradójico que solicitemos a gritos el final de la agonía siendo tan increíblemente fanáticos del morbo. Cada gol errado es un reforzador negativo y un nuevo mazazo a la esperanza de salir adelante. Pero atribuimos causas erradas a las consecuencias conocidas. Preferimos descartar delanteros como si valieran menos que nada, siempre hay otro para elegir. No hay tiempo para reflexionar: pulgar abajo y chances para otro potencial salvador. El problema siempre es el nueve de turno.

Como la justicia en el fútbol existe a cuentagotas, el tiempo apremia y las oportunidades son contadas, los villanos ganan en reiteradas ocasiones. Cada jugador tiene una disyuntiva interna que se traduce en sus rendimientos, buenos y malos. Si bien hay momentos heroicos, el ser humano tiende a recordar los peores. Y así la Selección tritura uno a uno a cada delantero que viste la camiseta intentando cambiar la historia. Burlarse del señalado centra todos los focos en aquel lugar. Son el centro de la escena. Lo verdaderamente fundamental pasa a ser periférico, rodea una y otra vez a cada nuevo chivo expiatorio. Pero negamos o creemos desconocer la influencia real y la ocultamos en el inconsciente.

Al margen del proyecto y la paciencia, el problema pasa a ser neurológico: el síntoma de la inmediatez asociado a la locura crea sujetos ansiosos que terminan trasladando toda esa carga negativa al césped. La mochila de los jugadores se hace día a día más pesada, repleta de estímulos externos cargados de negatividad. La suma de factores lleva al bloqueo del delantero y del equipo, indisolublemente asociados. Más allá de aquellos chispazos mágicos de un salvador, el colectivo no puede evitar nublarse. No hay hermetismo que salve.

Gonzalo Higuaín es el caso más conocido de los delanteros apuntados. Hostigado y defenestrado, fue apartado al punto de caer en el ostracismo. Sergio Aguero no está lejos de recorrer la misma senda. Exento de jugar por un tiempo debido a una lesión que pudo ser peor, hace mucho que no logra destacar en la Selección. Noventa minutos de Mauro Icardi bastaron para recurrir a lo onírico, una regresión temporal, una vuelta mental al pasado para añorar los tiempos donde los delanteros marcaban goles. Al final, se produce un círculo vicioso: volvemos a pedir por aquel que echamos sin vacilar. Mientras tanto, continuamos estancados.

El nueve

La paciencia no es virtud argentina, claro está. Las emociones nos dominan, la derrota nos obliga a buscar culpables y todo ello desemboca en avances limitados. El largo plazo, una idea clara de juego y los resultados pueden apaciguar la ansiedad. Pero encontrar ese camino requiere modificaciones estructurales en el consciente colectivo. Mientras tanto, el pozo se hace día a día más profundo. Que el árbol no tape el bosque.

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