De Roger Federer a Leo Messi: mentes que engañan a sus propios cuerpos.

“Roger Federer deja la cabeza quieta mirando el punto de impacto. La raqueta silba como un látigo de carbono. La bola no impacta ni un milímetro arriba ni un micrón debajo del punto exacto. Letal. Roger sigue mirando el mismo espacio vacío unas décimas después. La pelota ya cruza la red, el rival se desespera para posicionarse donde ese talento descomunal le obligue, incómodo. A todo esto, Roger ha mirado siempre el mismo punto. Nada de su gesto ha insinuado la intención. El cerebro va tan deprisa que engaña hasta a su propio cuerpo. Roger sabe lo que está por hacer, su cuerpo simplemente lo hace, no lo anuncia. El tiro podrá ir a cualquier punto del campo rival, de derecha, de revés o de volea, pero Federer no ayuda con el gesto a anticiparse. Los golpes de Federer tienen un antes y un después (cuando ya es peligrosamente tarde). No tienen durante, eso es para gente normal. 

Enttäuschter Messi nach der Niederlage

Photo courtesy of quapan(CC Attribution)

Messi camina. No corre desesperado levantando los brazos como quien remonta un barrilete sin cordel. Anda. Repta. Se queda soldado a la línea de cal derecha. Mientras, todo el equipo, más los 11 del rival y hasta la cámara que cuelga como un drone sin hélices, se arremolinan del otro lado. Existe la línea, Messi, un espacio de Messi y los demás. Messi no mira el partido. Permanentemente mueve la cabeza escaneando las posiciones de los rivales: si están muy cerca, camina hasta que se vayan. Si están muy lejos camina hasta que le den la pelota sus compañeros. Ahora está como si necesitase intercambiar unas palabras con una hormiguita que no se atreve a cruzar la raya de cal. La hormiga lo mira, Messi le sonríe, y el bullicio del partido vuelve a acercarse, a los tumbos, hacia la hormiga y su amigo. “Subíte a mi pie, que yo te cruzo. Eso sí, al derecho, que no quiero descalibrarme el bisturí”. Messi mira a Iniesta gesticulando como si este le hubiese contado que mañana tiene que llevar el coche a lavar. “Mirá vo”, piensa Messi, “viene la pelota”. Messi no corre al espacio, no pica, no se desmarca. Espera, más bien, que el Universo le pierda la marca en un desliz. Aguarda que, dentro de las posibilidades de ese momento y ese partido de fútbol, los pobres tipos que están pensando en él desde hace 1 semana, dejen un centímetro cuadrado a su favor, a la intemperie. Messi no fabrica el espacio. Lo posee. No está ansioso por demostrar nada. No pone. Piensa en que mañana tiene que ir a comprar comida para el perro y teme olvidarse, porque 99000 personas están pendientes de él y lo distraen. Messi sigue caminando. Sus compañeros satelizan , orbitan, calesitean, basculan, se la dan, se la prestan. Messi esmerila el cuero. No da un pase. Da EL pase. Messi es capaz de repetir hasta el hartazgo un movimiento decisivo. La defensa rival sufre de una enfermedad terminal con período de incubación de 90 minutos y final inevitable, todas las semanas. De repente, el pánico en la cara de los 2 centrales: es la señal. El estallido de los flashes detrás del arco lo confirma. Llegó el momento. Acelera, corre. Se va, se disuelve. Se agiganta, invisible. Podría frenar, hacer un enganche que dejase al mundo a contrapié, congelarse, pero no.  En 3 segundos, Messi le sacó 3 segundos de ventaja a la historia de la humanidad. Son suficientes. Descerraja. Ejecuta. Ace.

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