Horizontal en blanco: cesar al entrenador

Cesar al entrenador, una costumbre habitual

Photo courtesy of karen horton(CC Attribution)

Aunque todo en el fútbol está más o menos fechado y allá por el mes de octubre de 1863 en una taberna, ¿dónde sino? se dio el primer germen del deporte que conocemos hoy en día, no hay un momento específico a partir del cual como dice Menotti: ” la pelota saltó del campo a los despachos”.

Ese instante supuso la gran revolución que condujo a que futbolistas y entrenadores quedaran en un segundo plano y con un protagonismo tan solo aparente en favor de empresarios, directivos y mandatarios de todo tipo. Al público y a los espectadores en general los dejo a un lado, porque están más cercanos al ruido que hace la prensa y dejan aparcado el criterio en función de los resultados que se vayan dando.

Los vocablos empresariales de moda como proyectos, desarrollos, modelos de gestión, etc quedan caducos cuando se ha tomado por costumbre y no como raro, el cesar al entrenador en el primer o acaso segundo mes de haber iniciado la competición.

Y mientras pasa eso y llega un nuevo inquilino, los habitantes del palco estrenan renovado discurso y vuelven a empezar la letanía anterior de: esperanza, objetivos, cohesión grupal… pero sobre todas las cosas, ganan tiempo para seguir con el engaño que disimula su ignorancia deportiva, algo que poco importa.

Es cierto que el colectivo selecto de entrenadores es el menos unido de todos.

Si vas a ver un partido con un “compañero” amenazado te llaman buitre. Si agarras un banquillo a mitad de temporada, eres aprovechado. Si no utilizas tal o cual metodología…arcaico, antiguo o trasnochado. Si te gusta Guardiola, un “flipado”. Si tienes cadencia hacia el fútbol directo…no tienes ni idea de qué va esto. Si eres defensivo, bilardista y cobarde. Si eres ofensivo, un suicida. Si no dejas que los futbolistas te llamen a la puerta, del siglo pasado. Si te vas a cenar con ellos, no tienes autoridad. Si escuchas a los veteranos, un pelele. Si apuestas por los jóvenes, tienes intereses ocultos con representantes. Si cobras mucho, un ladrón. Si cobras poco, no respetas la profesión….

Y así podríamos seguir.

Hasta cierta edad, queremos emular a nuestros ídolos con el balón en los pies hasta que nos damos cuenta de que sólo lo podemos imaginar.

Entrenadores, somos siempre y en cualquier momento.

Con y sin carnet que lo acredite, en todas las localidades de todos los campos de cualquier lugar del mundo, llevamos uno dentro para poner y quitar a tal o cual futbolista… por eso mientras tanto, los que mandan se aprovechan y desde que contratan a uno ya le están poniendo fecha de caducidad (para los profesionales del banquillo ahora mismo menor a la que trae cualquier tapa de yogurt). 

Por favor: mayor respeto para una figura cada día más y más ninguneada. Aunque es cierto que hace 154 años, no se permitía darle de cabeza al balón, no había árbitros, ni porteros ni entrenadores, hoy en día  tampoco se puede entender el juego sin esas cuatro cosas. ¿Cesar al entrenador es la solución?

Siempre fui argentino, pero no lo sabía

Maradona 86

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El primer recuerdo de un partido entero que realmente me emocionase fue la final de Argentina’78. Aquel 25 de junio, quedé impactado por la figura de Mario Alberto Kempes pero sobre todo por la de César Luis Menotti con su porte, su dialéctica pero sobre todo sus argumentos futbolísticos.

Ocho años más tarde en los apenas diez segundos más gloriosos que nos ha dado la historia de nuestro deporte , me trastorné  y fasciné con la arrancada de Maradona frente a Inglaterra.

Maradona Hand of God

Photo courtesy of Paolo Camera(CC Attribution)

La vida me ofreció la posibilidad de ver en directo a Messi frente a su eterno rival en media docena de partidos donde Leo resultó vibrante y decisivo.

En definitiva, buena parte de las mejores sensaciones que me ha transmitido una pelota están vinculados a uno de Bell Ville en Córdoba, a otro de Lanús en Buenos Aires o al dúo de Rosario en Santa Fe.

La pasión con la que viven y se manifiestan los argentinos hablando de fútbol no tiene comparación con nada. El orgullo propio que desprenden cuando se trata  de defender a sus compatriotas, vender sus virtudes sobre la cancha y disculpar sus errores, es único.